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“Transestética” es el término que emplea J. Baudrillard para hacer referencia a una era en la que el arte como una ilusión generadora de nuevos sentidos simbólicos, ha muerto; y se ha convertido en un cáncer en el que no hay nada nuevo bajo el sol.
Ahora todo es susceptible de ser estetizado, ya que todos los elementos del arte no producen ni comunican nada más que los propios elementos de la cultura.

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Bajo este orden de ideas, parece que todos los fotógrafos tenemos un poco del Roberto Michel de Cortazar (Las babas del diablo): somos traductores de nuestras realidades en imágenes y nos apasiona contarlo casi todo para aliviar esa cosquilla que nos produce la transestética del mundo. Seccionamos el tiempo y abstraemos los instantes dándole muerte a la acción, pero mucha vida a las posibles historias que se desprenderán de ese fragmento al ser interpretado.

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No podemos negar ese lado vouyerista que nos lleva a transgredir la intimidad de los espacios o la vida ajena en busca de una serie de tomas que, al ser expuestas, logren el diálogo con el espectador y lo inviten a hacer sus propias historias.
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Y si bien es cierto que somos manipuladores del tiempo, el espacio y en cuestiones técnicas, hasta del contexto; no todos queremos guiar la contemplación hacia un sólo desenlace interpretativo. Por el contrario, a pesar del uso y rehuso de los elementos culturales existentes, somos constructores del mundo.
Somos generadores de imágenes que quedan abiertas para ser completadas a través de cada distinta interpretación y por lo tanto generadores de diversos universos simbólicos.

Ahora te tengo que pasar un texto más teórico en el que Cortázar compara la fotografía al cuento. Ya lo verás.
ResponderEliminarUy, ya soy tu fanssssss, jeje
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