En el camino vamos todos, como árboles danzantes que se mueven con el viento. Y aunque vamos con el tiempo, no todos encontramos el camino al robledal.

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En este bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz,
a tiempo en sombra,
saqueo al aire los flautines
en que los pájaros devoran
la soledad húmeda y viva
de la raíz y la memoria.

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Sonoramente en cuerpo y alma
siento el calor
con que de enérgicas prisiones,
la luz solar se liberó.
Y estoy cantando entre los árboles
y en el follaje de mi voz
pican los pájaros del viento
lentos rincones de sabor.

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Entrar a un bosque cuando el día
toda llanura
con braserillos y alfileres
a piernas ricas desanuda,
es desnudar un tronco andante
y echarlo al agua a que se una
con materiales inasibles
de olvido imágenes fortuna.

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Entrar a un bosque es adueñarse
de la opulencia
con que la vida en un instante
todas sus márgenes florea,
y da a sentir su cuerpo claro,
hondo a rumores de sorpresa:
la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,
lo que cae y no sabemos
qué fue y en dónde y por qué suena.

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Afortunados los robles de aquel bosque en el que la vida comienza apenas a los doscientos años, cuando lo más valioso se palpa en las arrugas del tronco.

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Y si llegamos a ser robles, no querríamos al menos ser un manojo de hojas en medio de este robledal?

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